3.
Han pasado 3 días desde que vi a Michael y a Lee, hoy es martes 7 de Enero, el día en que me iré de aquí. Todavía no olvidaba lo que le escuché decir a la sirvienta sobre mí mientras hablaba con el mayordomo, en realidad, es muy difícil que a mí se me olvide algo, así que decidí que no tenía por qué despedirme de ellos ni notificarles nada. A los únicos que les dije fue a los niños más grandes y ellos prometieron guardarme el secreto.
Ya había lavado todos los platos del almuerzo y estaba terminando de meter en una maleta que conseguí en el almacén mis pocas pertenencias. Mi libro favorito de recetas, mis dibujos, una blusa y un pantalón, mis zapatos deportivos y otros libros. Eso y lo que tenía puesto eran todas mis pertenencias. Estaba ansiosa por irme sin que los empleados se dieran cuenta así que, luego de salir del orfanato, caminé hasta la esquina y no esperé mucho tiempo cuando vi acercarse el auto gris.
Tomé asiento en el puesto trasero y me llevaron al aeropuerto, el camino fue largo, Michael y Lee estuvieron mostrándome los papeles de mi identificación, yo revisé que todo estuviera en orden y tomé el sobre en mis manos, también estuvieron dándome indicaciones sobre cosas que ya sabía de Londres, una lista con sus números y los números de emergencia de Londres, Lee se tomó la molestia de comprarme una maleta cinco veces más grande que la mía diciéndome que la había llenado de ropa, calzado y otros accesorios que esperaba que me gustaran alegando que eso era parte de la beca luego de que yo me negué a aceptarla. Al final acepté todo de mala gana.
El resto del camino, ellos me explicaron unos temas legales sobre mi proceso, ya que yo era huérfana. El director del instituto al que me dirigía sería mi tutor legal, ya que necesitaría identificación y demás como pasaporte y visa. Me dieron todos los documentos y leí como había quedado mi nombre con el apellido Black al final. Decidí no darle mucha importancia a eso y revisar ese tema para después.
Cuando llegamos al aeropuerto, rectificamos el vuelo y nos sentamos a esperar que lo anunciaran.
-“Cuando estés allá una persona va a estar esperándote con un letrero con tu nombre, te llevará al internado y allí busca al director que te estará esperando.”—seguía repitiéndome Michael una y otra vez.
-“Lo he captado, ya.”—le dije para que no volviera a explicar.
-“Suerte, Ligia.”—me desea Lee intentando abrazarme.
Instintivamente me alejo y la empujo un poco para que también se aleje. No me gustan los abrazos. Michael quiere hacer lo mismo y también lo aparto. Que mala costumbre.
-“Gracias por todo.”—me limito a decir.
“Pasajeros del vuelo 65 con destino a Londres, Inglaterra, por favor abordar.” Escuchamos la voz por los altavoces. Repitió eso 3 veces.
Me levanté junto con ellos y me dirigí hacia la formación que comenzaba a hacerse para que sellaran mi boleto y pasaporte, y luego revisarme a mí y mis maletas. Ellos me sonrieron en forma de despedida y saludaron con la mano desde lo lejos mientras me observaban avanzar en la columna. Yo les devolví el gesto.
Ojalá en ese internado se encuentren personas tan amables como ellos.
Cuando entré al avión me sentía perdida y algo comenzaba a crecer en mi estómago, comencé a hacer lo que hacían todas las personas a mí alrededor. Ellos guardaban su equipaje de mano arriba de sus asientos, yo no tenía nada de eso, mis maletas se las llevaron a otro lado. Luego se sentaban en su asiento y yo lo hice también. Después nada.
Una azafata llegó un rato después, se presentó y nos indicó cómo se ponían los cinturones de seguridad, seguí sus instrucciones, pasó por cada asiento revisando que todo estuviera bajo control y anunció que ya estábamos por despegar.
Cuando sentí que el avión comenzaba a moverse no sabía si estar contenta o no por haberme sentado al lado de la ventana, apreté más la carpeta en mi regazo y respiré profundo. Y solo hay una palabra para definir la emoción que sentí al momento del despegue. Decidí que si me estaba arriesgando a esta experiencia tenía que hacerlo con todas las ganas.
Fascinación.
…Londres… Un nuevo comienzo, nueva vida… Esto sí será lo que yo elija, a partir de ahora soy dueña de mi destino. Solo espero que nada se complique, no quiero sufrir más aquí, para eso vine. Sé toda la teoría que hay que saber de Londres, también he leído uno que otro libro de defensa personal. Ahora solo me queda esperar.
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17 horas de vuelo después.
Ya estábamos aterrizando, deberían ser alrededor de las 9 am y yo no había dormido nada, no me lo podía permitir. Cené y desayuné lo que la azafata me trajo y aun así tenía hambre. En el horizonte se veía el sol casi igual que en Canadá, pero, era de esperarse. Es 8 de enero. Invierno. Londres, que en las estaciones de frío llueve y en las estaciones soleadas también llueve.
Luego de bajar del avión pasé por más procesos de rutina hasta llegar a la estancia del vuelo. Había muchas personas con letreros en las manos. Busqué mi nombre lentamente hasta que lo encontré, me esperaba un hombre catire, tendría alrededor de 40 años, barba con pelos blancos y vestía un traje negro, camisa blanca y corbata negra junto con un abrigo negro largo, guantes de cuero negros y una bufanda negra también.
Me encanta el negro y solo por eso sentí agrado hacia el hombre y me acerqué a él.
-“Soy Ligia Elena.”—le dije sonriendo cordialmente.
-“Mucho gusto, señorita.”—saludó asintiendo con la cabeza y mirándome. –“Soy Bold y yo la llevaré al internado.”—dice mirando a mi alrededor.
-“Tengo que recoger mi equipaje antes.”—informé caminando hacia donde había un mostrador con equipajes que se movía en círculos y las personas estaban recogiendo el suyo allí.
Primero vi mi maleta pequeña y la puse a mi lado, luego de un momento vi la más grande y cuando pasó por mi lado la tomé. Bold se adelantó y las llevó por mí. Lo seguí por el aeropuerto hasta la salida, nos acercamos hasta un auto negro que se veía muy reluciente y altamente costoso. Yo esperé a un lado mientras él guardaba mi equipaje en la maleta del auto, la cerraba y se dirigía a la puerta del copiloto abriéndola.
-“No se preocupe, no voy a secuestrarla.”—comentó haciendo un ademán para que entrara al auto.
Yo sonreí apenada y asentí entrando al auto. Me abroché el cinturón de seguridad y él entró por la puerta del conductor, encendió el auto y arrancó alejándonos del aeropuerto. Pasé todo el camino pegada a la ventana viendo lo hermosa que era la ciudad. Pasó un rato y ahora los edificios eran más pequeños, más casas y luego solo árboles alrededor de la calle.
-“¿Falta mucho, Bold?”—me atreví a preguntarle. Pareciera bosque lo que nos rodea.
-“En realidad, ya llegamos.”—me respondió señalando al frente.
Entonces miré la edificación a la que nos acercábamos, dos muros de aproximadamente 10 metros de alto por 50 metros de ancho decía que hasta allí llegaban los árboles y comenzaba el internado. En medio de ellos estaba una reja igual de alta con apariencia antigua. Cuando llegamos a la reja vi una gaceta a un lado de la calle con una ventanilla por la que se asomaba un hombre vestido de negro también. Bold detuvo el auto y bajó el vidrio de su puerta.
-“Traigo a Ligia Elena.”—le informó Bold.
El hombre puso a mi vista una tabla con una lista en ella, tachó algo luego de buscarlo y asintió.
-“Bienvenidos.”—nos sonrió amablemente y metió su cabeza de nuevo dentro de la gaceta. Lo perdí de vista.
Luego hubo un sonido como de electricidad y las rejas se abrieron hacia los lados. Bold aceleró lentamente y vi otra gaceta del lado adentro de las rejas y del lado contrario. Imagino que esa es para registrar a las personas que salen.
Seguí mirando todo detenidamente para no perderme de cada detalle. A nuestro lado izquierdo se levantaba un edificio en forma de C cuadrada inmensamente grande que parecen tres edificios unidos de esa manera, a la derecha una hermosa fuente rectangular. Ahora la nieve cubría todo, pero, podía imaginar perfectamente lo hermoso que se vería el lugar en primavera.
Bold no se detuvo allí, siguió conduciendo hasta detrás del último edificio donde descubrí que había otra entrada, y esta era más elegante y lujosa. Los carros lujosos y las limusinas se veían por doquier, los adolescentes con sus maletas, casi todas las personas estaban aquí afuera. Entonces Bold por fin estacionó en la puerta de una entrada bellísima.
Me abrió la puerta y bajó mis maletas.
-“Sígame, la llevaré a la oficina del director y luego iré a dejar su equipaje.
Asentí y lo seguí. Mientras entrábamos al recinto tropecé con una chica… ¿Cómo la describo?… Es esa típica chica de mis libros, ojos azules, piel bronceada, cabello rubio, mucho más delgada que yo, casi plana, con toneladas de maquillaje en su rostro y una vestimenta demasiado escotada para estar a mediados de invierno, ella diría que luche a la moda, con esas joyas tan excéntricas y llevaba una cartera muy pequeña rosada a juego con su maletín rosado también. Al tropezarnos se le ha caído la maleta y como la tenía abierta ha hecho un desastre. Detrás de ella tenía a 4 señores, con vestimenta seria que llevaban dos maletas rosas cada uno.
Ella comenzó a quejarse mirándome y yo rápidamente le di la vuelta y alcancé a Bold. De chicas como esa estará lleno este internado, estoy segura. Tal vez no fue tan buena idea haber aceptado venir, hasta tengo el presentimiento de que me meteré en muchos problemas, pero, ya estaba aquí y voy a soportar lo más que pueda.
Seguimos caminando en silencio por todo el pasillo, cruzamos a la derecha y nos topamos con una lujosa sala de estar con una recepcionista en la esquina derecha. Muebles lujosos alrededor de una mesita de café, piso de cerámica pulida, alfombras peludas blancas, paredes color crema como el resto de las paredes. La recepcionista que estaba hablando algo con Bold se veía como de 40 años, algo rellenita, con lentes para leer y cabello castaño.
-“Medit, ella es Ligia Elena, acabamos de llegar. Dile al señor Christopher que ya está aquí.”—le decía Bold.
-“Mucho gusto, Ligia.”—me saludó Medit asintiendo.
Tomó el teléfono y marcó un código.
-“Ya me voy, dejaré esto en tu habitación. Nos volveremos a ver, no te preocupes.”—se despidió Bold dedicándome una cálida sonrisa.
-“Gracias por todo, Bold.”—le agradecí. Ahora le agradecía a todo el mundo.
Comenzaba a marearme ya, necesitaba dormir urgentemente.
-“Señor, llegó la señorita Ligia Elena…”—escuché decir a Medit. –“… Ok…”—dijo y colgó mirándome. –“Ya puedes pasar a la oficina, nena.”—me informó señalando al pasillo detrás de ella.
Asentí y caminé apretando de nuevo mi carpeta.
-“Y bienvenida, señorita.”—me habló amablemente.
¿Todos aquí eran tan amables? No podría acostumbrarme a eso… Bueno, sí podría. El pasillo no era ni de un metro de largo, la puerta estaba allí mismo.
Golpeé dos veces despacio. Respiré profundo.
-“Pase adelante.”—pronunció una voz masculina ronca desde el otro lado de la puerta.
Ahora solo tenía que fingir estar bien por un rato más y luego ya me iría a descansar. Giré la manilla, abrí la puerta y entré cerrándola después de mí. Al alzar la mirada me encontré con la dueña de unos ojos marrones mirándome detalladamente. Entonces, como si solo mirarme me enfermara, sentí un dolor en mi pecho muy fuerte ligado con que pareciera que un nudo comenzara a formarse en mi garganta quitándome el aliento.
Cuando pude alejar mi mirada de ella tenía una expresión de duda ¿Qué rayos fue eso? Y ella, al contrario, se veía extrañamente feliz de verme. Todo pasó tan rápido que solo lo podía tomar como que ella se reía en mi cara e inmediatamente apareció ese sentimiento de odio en mi mente. Seguro ya se había percatado de mis viejas botas, y mis desgastados jeans y blusa manga larga. Claramente ella no me caía nada bien y el odio fue lo que me ayudó a controlar este dolor en mi pecho, comencé a respirar de nuevo sin darme cuenta de cuándo dejé de hacerlo.
-“Te estábamos esperando…”—pronunció la señora.
-“Sí, acércate, por favor.”—pidió el señor.
No lo había notado.
Estaba sentado en una amplia silla rotadora detrás de un escritorio grande de roble minuciosamente ordenado, detrás de él la chimenea estaba encendida a lo lejos y al lado de esta había otra puerta. Él se levantó y caminó hacia mí que pareciera que tuviera los pies pegados al suelo.
Me tendió la mano. –“Soy Christopher Black, el director.”—se presenta.
¡Wow! ¿Qué?
¡¿Él era el director?!
Le estreché la mano fingiendo no estar anonadada. Él era muy joven, no le calculo más de 30 años, se veía que hacía ejercicio detrás de ese gran traje celeste, era muy apuesto al igual que la señora. Ambos de tez clara y cabello castaño aunque no se parecían para nada.
-“Y ella es mi esposa Catalina Black.”—
Ella me sonrió y yo no le pude mantener la mirada ni dos segundos. Tenía que salir de aquí rápido.
-“Hola ¿Mis documentos, está todo en orden?”—fui al grano.
Ellos me miraron con el ceño fruncido. Claramente no esperaban que fuera tan mal educada. ¡Vamos, Ligia!
-“Discúlpenme, es que estoy muy cansada por el viaje.”—Traté de sonreír pasándome la mano por mi cabello, el cual, para mi sorpresa, estaba aún bien peinado desde que lo peiné en el avión. –“Yo soy Ligia Elena.”— Y noté por el rabillo de mi ojo cómo se le descomponía la cara a la señora al escucharme decir mi nombre.
-“No te preocupes, Ligia. Te entendemos.”—me dice Christopher por los dos. –“Ven, siéntate.”—caminó hasta su escritorio y lo seguí sentándome en una de las sillas frente a este. Su esposa volvió a tomar asiento en los muebles y no dejaba de verme. –“Solo falta tu firma y tus huellas.”
Luego de un rato de firmar papel tras papel, ya todo estaba listo, él me dio una copia de cada documento y lo archivé con los que ya tenía.
-“Muy bien.”—dijo este buscando algo por debajo de su escritorio.
Sacó una bolsa cuadrada verde y la puso frente a mí.
-“Allí está tu uniforme, zapatos. Tu carnet con el que podrás entrar y salir del internado, la llave de tu habitación… No sabíamos si sería fácil para ti adaptarte así que te asignamos una habitación individual.”—indicó y yo me perdí.
-“¿Comparten habitación aquí?”—pregunté asombrada.
-“Sí… Tres chicas por habitación, pero, entendemos si no estás preparada.”—respondió.
-“Se lo agradezco.”—asentí.
-“También hay una tarjeta de crédito ilimitada para que compres lo que necesites. Una laptop para que investigues, en la biblioteca también puedes encontrar libros aparte de los que te darán tus profesores. En tu habitación encontrarás tu horario de clases y un plano del internado para que no te pierdas. La campana se toca para despertar, al iniciar clases y también a la hora de ir a comer.”—me seguía explicando.
-“Entiendo.”—el sueño estaba pudiendo conmigo. –“Ha sido un viaje largo, si no les importa…”—solo digo y me pongo de pie tomando la bolsa por las azas.
-“Cualquier cosa que necesites, solo pídelo.”—me dijo él mientras caminaba hacia la salida.
-“Lo tendré en cuenta.”— asiento.
-“Te llevaré a tu habitación.”—se ofreció Catalina.
-“No se moleste.”—me negué de inmediato. –“Solo indíqueme y yo llego sola.”—pedí.
-“Oh, no es ninguna molestia. Ven, sígueme.”—insistió saliendo antes que yo.
Así que la seguí.
Estuvo callada gran parte del camino, lo cual agradecía en mi interior. Pasábamos por los pasillos hasta que atravesamos de un edificio a otro. Al atravesar la puerta de entrada del otro edificio frente a nosotras estaba un espacio abierto, más allá había dos escaleras grandísimas a cada lado y en medio de estas una sala de estar con muebles grandes mirando hacia una pantalla inmensa pegada a la pared del este, más allá de los muebles había unas puertas de cristal que daban hacia un jardín.
-“Esta.”—habló ella señalando hacia las escaleras de la izquierda. –“Dirigen a los dormitorios de los varones. Y estas.”—ahora señaló las de la derecha. –“Dirigen a los dormitorios de las mujeres.”—ahora señaló al frente. –“Hacia allá, atravesando la puerta está el jardín de niños.”—
-“Ya, entiendo.”—asentí.
-“Vamos.”—ahora subió por las escaleras de las mujeres.
Arriba el pasillo era inmenso con puertas a cada lado de él. Conté más de 40 habitaciones. La mía era la del tapón y estaba muy alejada de las otras puertas.
-“Espero que te guste tu nueva habitación.”—me dijo ella.
-“Gracias. Yo también.”—asentí. –“Que pase buen día.”—le dije para que se fuera.
Busqué dentro de la bolsa las llaves y las saqué. Aún no se había ido.
-“Bien, que descanses.”—comencé a abrir la puerta. –“Después de almuerzo, todos se reunirán en el auditorio para darles la bienvenida. Si no estás cansada, puedes ir.”—terminó de contarme.
Yo solo asentí y le cerré la puerta en la cara. Respiré profundo mientras escuchaba los pasos desvanecerse y junto con ellos el dolor en mi pecho y el nudo en mi garganta. Cuando ya me sentía bien, volteé y observé mi habitación perpleja.
Todo era pulcro, las paredes celestes, piso de madera, alfombras. Dos mesitas de noche a cada lado una cama tan grande que caben 5 personas, las sábanas limpias, cojines para adornarla, sillas y muebles por el resto de la habitación. Mis maletas en una esquina delante de una puerta en la pared oeste, también había otra puerta en medio de la pared norte, entré a esta y era el baño que era del tamaño de la habitación, con ducha y tina separadas, también lavamanos y hasta una peinadora full equipada con todo lo que podría necesitar una mujer.
Al parecer aquí todo era mejor de lo que algún día pude haberme imaginado.
Le puse seguro a la puerta de la habitación asegurándome de que nadie pudiera entrar. Esto era demasiado bueno para ser real. Tenía mi propia calefacción, la cual baje a 10 °C porque extrañaba el frío. Cerré la cortina de las ventanas y me desvestí quedando solo en ropa interior. Tenía sueño, pero, ahora no quería dormirme y que cuando despertara me diera cuenta de que solo estaba soñando así que me ocupé en algo.
Desempaqué revisando todo lo que me habían dado, la ropa la puse en ganchos cuando descubrí que la otra puerta daba a un grandísimo vestier, los zapatos los acomodé también, las llaves y la tarjeta de crédito las puse dentro de una de las mesitas de noche para tenerlas siempre a la mano junto con mis papeles de identidad. Vi mi horario y el plano del internado en la otra mesita de noche.
Cuando vi que no tenía nada más para hacer decidí arreglarme e ir a buscar algo de comer. Este mundo nuevo se siente tan extraño, son demasiadas atenciones para ser una huérfana becada. No me quiero ni imaginar cómo son entonces las habitaciones de las ricachonas.
Al meterme a la ducha había dos llaves, supongo que es para regular la temperatura del agua. Luego de varios minutos de maldiciones, al fin el agua salía más tibia que fría y eso era grandioso. Me lavé el cabello lo cual se notaba que necesitaba. Me exfolié el cuerpo con un jabón con olor a jazmín y luego me sequé con una toalla teniendo cuidado de no mancharme.
Para alargar el tiempo, me dispuse a peinar mi cabello hasta que se secara y cuando lo logré, lo amarré en una coleta alta teniendo como resultado una gran cola de caballo con el pelo ondulado en las puntas. Al concentrarme en mis cortes encontré un botiquín de primeros auxilio que estaba bien equipado, apliqué una pomada a los cortes de mis piernas y mis brazos, luego vendé los de mis brazos y salí del baño.
En el vestier no es como si tuviera mucho de dónde escoger así que tomé unas zapatillas de deporte negras, un pantalón holgado negro y un camisón manga larga que pareciera que me quedara grande, era blanco con dibujos que simulaban tatuajes a lo largo de los brazos, el pecho y la espalda.
Miré la hora en el reloj de mi mesita de noche cuando ya no tenía nada que hacer. Hasta había limpiado meticulosamente mis uñas porque eran tan largas que se me ensuciaban con facilidad, eso ya no sería un problema aquí, pues, tenía agua para lavarlas cuando yo quisiera. Eran las 11 am en punto, todavía no era hora de almorzar así que supuse que la cafetería estaría relativamente sola.
Tomé el plano en mis manos mientras suspiraba. Estaba comenzando a sentirme físicamente débil. Crucé los dedos para no encontrarme con nadie. Al ser una persona que solo tiene contacto tres veces al día con dos seres humanos todos los días (obviando cuando salía a hacer mandados) que en un día haya tenido contacto de frente con tantas personas es algo que me puso hipersensible sintiendo que si cualquier persona que me hablara mal yo la mandaría a la mierda sin duda.
Ya había tenido mucho de mi ración diaria de contacto con la sociedad. Y eso que el día no iba ni por la mitad.
Al salir de la habitación trancándola con la llave y guardándola en mi bolsillo, decidí que no quería tener amigos, al menos no el tipo de amigos como estas personas ricachonas que solo piensan en nada productivo. Estaba acostumbrada a estar sola y no quiero que eso cambie.
Mientras caminaba por el pasillo era como invisible ante la vista de las otras chicas que estaban entrando o saliendo de sus habitaciones. Se sentía muy bien. Al igual que sentía el cambio de temperatura, a diferencia de mi cuarto o del exterior del internado, aquí hacía un calor acogedor, ese que no te hace sudar y tampoco sientes frío, en mi habitación lo había bajado a 10 °C porque no tenía nada en contra del frío, al contrario, amaba el frío.
Bajaba las escaleras lentamente tratando de ubicar la cafetería en el plano, pero, al mismo tiempo no me quería caer. Sonreí internamente cuando ya la ubiqué.
- “¿Te perdiste en el tiempo y vienes del pasado, o esa es tu forma de vestir en realidad?”—escuché que alguien se burlaba.
Era muy buena recordando cosas y esa voz ya la había escuchado antes en la entrada cuando llegué. Justo estaba terminando de bajar las escaleras cuando subí la vista, era ella y me estaba mirando a mí como si su insulto en forma de chiste estuviera dirigido a mí.
La observé detalladamente. Traía la misma ropa y esta vez 5 chicos la acompañaban, ellos también me miraban, pero, en realidad no estaban prestando atención a lo que ella decía, solo me detallaban, como si estuvieran evaluándome. No tenía tiempo de detallarlos a ellos, odiaba el contacto visual, pero, parecían estudiantes así que tendría tiempo para hacerlo después. Al parecer estaban allá en medio del lugar para observar a los que pasaban esperando que tuvieran algo que pudieran criticarle.
-“¿Eso debió ser un chiste? No lo sé, tal vez tendrías que dejar de perder el tiempo metiéndote en cosas que no te incumben y aprovecharlo para practicar más tu desenvolvimiento, porque como humorista te mueres de hambre.”—le respondí comenzando a caminar hacia donde me indicaba el plano.
Los perdí de vista no antes de ver cómo se le descomponía el rostro a ella al procesar lo que le había dicho.
Después de cruzar por medio de un laberinto de paredes, llegué a la cafetería que tenía puertas dobles como las que dan hacia el jardín de niños. Era un lugar amplio con paredes de cristal transparente y cubierta que parecía desplegable, supongo que como ahora estábamos en invierno por eso estaba cerrada. Las mesas y sillas eran de cemento en forma de círculo, estaban pegadas al suelo y aun así todo se veía extremadamente lujoso. El suelo era como de granito y en la esquina más lejana a la izquierda estaba una gran isla o mesón largo de cerámica negra. Me acerco allí y veo que un señor vestido de chef acomodando algo detrás del mesón. Me siento en un banco y espero a que me note mientras observo el lugar por dentro.
Hay una cartelera pegada a la pared con el menú de hoy y otra puerta de dos hojas me imagino que llevaba a la cocina.
- “Hola, chica, joven, señorita.”—escuché la voz del hombre y lo miré ahora.
Era algo grueso, tenía el cabello castaño medio y tenía unos amables ojos azules que brillaban bastante. Le calculaba alrededor de 40 años.
Solo le sonreí.
- “¿Qué le apetece de comer, bella dama?”—me preguntó haciendo una pequeña reverencia que me resultó muy graciosa.
- “¿Qué? ¿Cómo?”—no entendía. –“¿Puedo escoger lo que yo quiera?”—pregunté confundida.
- “Sí, claro. Solo porque es la primera en llegar y no hay nadie.”—dice asintiendo mirando todo el lugar.
- “Pues, siendo así…”—decidí dejar el enojo y todas las malas vibras atrás. El chef se veía agradable. –“Dejaré que me sorprenda, solo que nada de animales muertos.”—señalé haciendo una mueca de asco.
Él me sonrió y asintió. –“Será un placer, bella dama.”—Volvió a hacer otra reverencia y caminando hacia las puertas dobles.
Las atravesó y lo perdí de vista. Me empezaban a caer bien los adultos aquí.
30 minutos después, el chef volvió con una bandeja que traía mi comida. Puso sobre el mesón un plato con ensalada de frutas, jugo de fresa y aparte vegetales gratinados.
- “Gracias, se ve delicioso.”—
Últimamente me salía muy natural dar las gracias. Él se quedó haciéndome compañía.
- “Escarmiento que madame es nueva aquí.”—dice intentando conversar. Yo asentí solamente porque tenía la boca llena de los deliciosos vegetales. Nunca había probado algo tan fresco. La comida de aquí sabe diferente a la de Canadá, ni siquiera el jugo de fresa sabe a como saben las fresas allá.
- “Escarmienta bien, caballero… ¿En dónde aprendió a cocinar tan delicioso?”—le pregunté.
- “Libros, estudios, dedicación…”—dijo tratando de controlar su risa al verme comer. –“Debo decir, mi lady, que su acento es muy gracioso.”—confesó el motivo de su burla.
Reí con él. –“Es porque soy canadiense.”—Creo. –“¿Cuál es su nombre, caballero?”—le pregunté en el mismo tono que él.
- “Max, su excelencia.”—respondió siguiendo el juego. Le quedaba muy bien el papel. –“Te diré un secreto… Tengo 44 años, no te enamores de mí porque es ilegal.”—me dijo fingiendo seriedad y no aguanté.
Exploté en carcajadas como nunca lo había hecho. Nunca me había reído tanto en mi vida.
- “Entendido, no queremos que Maxi valla a la cárcel.”—le dije cuando tuve controlada mi risa. Fue en vano porque volvimos a reír.
Seguimos conversando de él y de su familia, mi humor había mejorado mucho durante mi tiempo con Max.
- “Ya debo irme, gracias de nuevo por la comida.”—me despedí porque ya comenzaba a llegar la gente.
- “Nos vemos pronto, chao.”—se despidió mirándome de reojo pues otros chicos le decían una cosa sobre el menú.
Me fui de regreso usando el plano y aún estaban esos chicos con la rubia donde los había visto la última vez: en medio del lugar al bajar las escaleras. Pero, esta vez se les habían unido dos rubias más.
-“Wau, se reproducen rápido…”—pensé en un susurró para mí misma.
- “¿Por qué lo dices? ¿Eres de esas enfermas mentales que hablan solas?”—
Oh, maldición. No puede ser que me haya escuchado. Ya me estaba comenzando a desagradar el tener que dirigirle la palabra. Pero, no podía negar que lo disfrutaba. Esa que había hablado era la rubia #1. Estaba por subir las escaleras, sin embargo, hice una pausa para mirarla, o mirarlos a todos.
- “Es que en menos de dos horas sacaste dos copias de ti, no creí que la tecnología haya avanzado tanto.”—Y luego me voltee y seguí subiendo las escaleras.
- “Creo que no sabes con quién te metes…”—alargó ella.
Respiré profundo y me paré a mitad de las escaleras, volví a mirarlos para escuchar bien qué tenía para decirme. Pero, al parecer, no tenía más nada que decir. Solo le dio un discreto jalón en la mano al chico con que tenía entrelazada la suya, creo que son pareja. El chico dejó de mirarme y la miró a ella con las cejas alzadas.
Él tenía el cabello castaño claro y aparentemente todo de él era totalmente besable. No tenía otra palabra para describirlo, pero, sí, tenía un perfil perfecto, ojos azules cristalinos que resaltaban por sus cejas perfectas y boca perfecta. Al menos desde aquí lo veía así.
-“¿Por qué no vienes y se lo dices aquí frente a nosotros?”—abrió la boca para decir eso.
Sí, también era un idiota y un patán. Y yo que comenzaba a tener fe en él.
Volteé mis ojos ¿En serio?
- “Disculpa, pero, tengo una vida.”- ¿De verdad creían que iba a seguir su jueguito? ¡Por favor! –“¿Ustedes no?”—Al parecer. No. –“A demás, no soy lorito para andar repitiendo.”—terminé.
Solté una risa falsa. Ilusos. Se ve que son de esa clase de personas que creen que todo el mundo tiene que hacer lo que ellos digan solo porque tienen dinero y yo perdería más mi tiempo como personas de esa clase.
Así que terminé de subir las escaleras ignorándolos y me fui a mi habitación. No podía dejar de pensar en lo que había hecho. Claramente me había ganado el odio de esos muchachos. Era una tonta. Debí haberlos ignorado desde el comienzo. Seguro que nunca me dejarán en paz después de esto.
Busqué uno de los libros que traje y me acosté en la acolchada, acogedora y cálida cama. Me quedé dormida mientras leía el libro y ni siquiera me dio tiempo de quitar los cojines que estorbaban. Tuve un sueño no tan placentero como hubiera querido porque, aunque estuviera a gusto y cómoda, no me adaptaba todavía a este ambiente tranquilo y acogedor.
Un sonido distorsionado interrumpió mi sueño, me enderecé y traté de identificar el sonido, pero no se escuchó nada. Me bajo de la cama, tal vez no fue nada. Me asomo por la ventana y ya ha oscurecido bastante, aun así, siento como si no hubiera dormido nada, el reloj marca las 7:30 pm. Escucho tres golpes secos en la puerta.
PUM-PUM-PUM
Están tocando la puerta. Camino descalza por el piso de madera hasta llegar a la puerta.
- “¿Quién?”—pregunto.
- “Soy Catalina.”—dice del otro lado.
¿Qué quería ahora?
- “¿Qué desea?”—le pregunté pasándome la mano por la cara con cansancio.
- “Entregarte tu combinación de casillero.”—responde y entonces abro la puerta.
El dolor en el pecho viene de golpe y trago saliva con dificultad. Trato de reponerme rápidamente dándome la vuelta y yendo hacia la cama dejándola pasar.
- “Gracias, nadie me habló de casilleros.”—no estaba de humor para ser grosera ahora.
Ella caminó hacia mí y me tendió un papel cuadrado, luego caminó por la habitación y se sentó en la silla más alejada de mí. Presiento que ella sabe lo que causa en mí. Y eso es aún más detestable.
- “Pues, allí encontrarás todos tus útiles escolares.”—Comenzó a explicar mientras yo veía dos series de números en el papel. –“Esos son tu número de casillero y la combinación que lo abre. Está de más decirte que no dejes que nadie más la sepa…”—asentí. –“¿Te desperté? No te vi en el auditorio.”—
- “Sí, me quedé dormida.”—dije recordando lo que había pensado desde que llegué.
- “¿Y no tienes alguna duda hasta ahora?”—me preguntó. Ella no me iba a dejar en paz. Ahora quería conversar.
- “Bueno…”—pensé en decirle. –“En realidad me preguntaba en dónde puedo lavar mi ropa.”—
- “Hay señoras que se encargan de eso, Ligia.”—me dijo haciéndole gracia mi pregunta. –“Vendrán a limpiar tu habitación un día sí y un día no, y también se llevarán tu ropa.”—me explica.
Negué con la cabeza. –“Yo puedo hacerlo. Solo dígame dónde.”—pido.
Que no pudiera cocinar y ahora tampoco ocuparme de mi ropa no me dejaba muchas opciones para pasar el tiempo. Necesitaba cosas en qué ocuparme.
Ella volteó los ojos resignándose a que no me haría cambiar de opinión.
- “La lavandería queda en el pasillo de la cafetería, allí cruzas a la izquierda y de tapón la encontrarás.”—respondió. –“De todas maneras en el plano sale.”—
- “Ok, otra cosa…”—digo levantándome y caminando hacia el vestier y hablando más alto para que me escuche. –“¿Todas las habitaciones son igual de espaciosas?”—pregunto buscando mi uniforme.
- “Sí, ya te acostumbrarás.”—me dice.
Volví a la habitación con mi uniforme en manos. Me lo pegué al cuerpo como si estuviera midiéndomelo.
- “La blusa, manga larga, bien. La falda, muy corta, mal.”—Señalé. Ella levantó las cejas y sonrió. –“Cubre menos de la mitad de mi pierna…”—hago una pausa porque ha comenzado a reírse por lo bajo. –“¿Qué es lo gracioso?”—
Ella cubre su boca con la mano y su risa cede. Niega con la cabeza.
- “Es que eres la primera chica que escucho que no le gusta el uniforme.”—se excusa.
Trato de inventar una excusa. –“Quiero conservar mis costumbres religiosas. Si no le molesta.”—
¿Qué?
- “¿Cómo?”—no se lo esperaba.
Si…
- “Mi religión no me lo permite.”—ahora yo quiero reírme de su cara. –“Así que… ¿Podría utilizar algo que cubra mis piernas al menos por el primer mes? … Hasta que busque qué hacer con mi existencia.”—De pronto me siento avergonzada de tener que mentir para que nadie sepa de mis cortadas.
Ella se encoge de hombros. –“No hay problema, buscaré unos leguéis negros para ti.”—se ofrece.
- “No es necesario. Yo tengo uno y el fin de semana puedo comprar otro.”—alegué.
- “Bueno, cualquier cosa que necesites puedes decírmelo.”—se pone de pie.
Yo me dirijo a la puerta negando con la cabeza.
- “No se confunda señora. Sería a la última persona a la que le pediría ayuda.”—digo abriendo la puerta y haciéndole un ademán de que salga.
- “No logro entender por qué me tratas así.”—Cada vez se acercaba más a mí en vez de salir.
Sentía que estaba llegando a mi límite de hoy.
- “No actúe como si le importara. No estoy enojada con usted, simplemente entienda que toda mi vida he resuelto sola mis problemas y no será desde hoy cuando comience a necesitar de los demás y menos de usted.”—aclaré. –“Ya puede retirarse.”—le dije en vista de que no se movía.
Ella reaccionó caminando rápido fuera de la habitación mientras que al mismo tiempo mis lágrimas salían de mis ojos. Ya está comprobado, esta señora me pone mal cuando está cerca. Cerré la puerta con llave mientras trataba de calmarme porque de un momento a otro ahora estaba sollozando.
Devolví el uniforme a su lugar, entré al baño y me lavé la cara. Tomé en mis manos el plano y las llaves dejando la hojita del casillero en mi mesita de noche. Salí de la habitación enllavándola y me dirigí a la cafetería. Esta vez llegué más rápido y, para mi desgracia, estaba totalmente abarrotado de alumnos.
Sintiéndome desubicada me dirigí a la barra donde Max estaba ocupado yendo y viniendo con platos de comida.
- “¡Madame, que bueno verla!”—me saluda muy jocosamente cuando ya todos los estudiantes se habían retirado de la barra.
- “Hola, Max.”—intenté sonreír. Él estaba ocupado limpiando el mesón así que no lo notó.
- “¿Qué deseas para cenar?”—me pregunta.
- “Solo un batido y un sándwich.”—
- “Ya vuelvo.”—me dijo antes de salir hacia la cocina.
Rápidamente volvían a llegar chicos a la barra. Lo bueno era que parecía invisible a los ojos de todos y eso era un alivio. Así que pude observar tranquilamente. Me di media vuelta en el banco para mirar hacia las mesas, la mesa más cercana a mí estaba a casi 5 metros y estaba siendo ocupada por nada más y nada menos que la rubia #1 y sus adyacentes.
Esta gente me saldría hasta en la sopa…
La rubia #1 estaba sentada en medio del chico de cabello castaño que la defendió al medio día y otro chico de cabello marrón despeinado.
Al lado del chico despeinado estaba la rubia #2, a su lado un chico de piel como el sol solo que más pálido por la temporada.
Luego la rubia #3, un chico de cara tierna con el cabello blanco como la nieve también despeinado. Al parecer esa era la moda.
Y cerrando el círculo estaba sentado un chico de cabello algo largo en el copete y liso, el cual me miraba con unos ojos marrones sorprendentemente oscuros.
Me miraba…
Esperen. ¡Me miraba!
De seguro se dio cuenta de que los estaba observando. Qué vergüenza. Disimuladamente bajé la mirada y miré hacia otro lado y me puse a pensar en que era cierto. Ellos hablaban, reían y comían; así que las historias de los libros son reales… Sí existe la mesa de los populares (supongo que son ellos por cómo los mira todo el que pasa cerca de su mesa, como anhelando estar sentado con ellos PUAJ), al parecer en toda escuela hay una rubia oxigenada y sus clones, pero, a diferencia de los libros, en este instituto hay más de un chico sexi, en realidad hay 5 chicos sexis… Muy sexis.
Debo dejar de pensar esas cosas.
-“Su orden está lista, madame.”—habló Max a mi espalda sacándome de mi ensueño.
-“Es usted muy generoso, caballero.”—dije tomando la bandeja en mis manos. –“Ahora, con su permiso. Dejaré que haga su trabajo.”—le sonreí dándome la vuelta.
Me quedé parada por un momento buscando alguna mesa vacía y sentí la mirada de alguien. Era el chico sexi que había tratado de defender a la rubia hace rato. En el medio día no estaba tan segura de qué era lo que pasaba con respecto a él, pero, ahora estaba comenzando una hipótesis sobre que había algo en su mirada que no cuadraba con su actitud de yo-soy-el-mejor, como que cargaba con algo que nadie podía saber, un secreto muy doloroso.
Claro que también puede ser que yo esté volviéndome loca, porque eso fue un segundo cuando creía que no lo estaba viendo, luego, al otro segundo, ya no estaba ese detalle en su mirada. Sí, estoy alucinando ya. Ahora la rubia #1 le dijo algo pasando su brazo por el cuello del chico que hizo romper nuestras miradas, ella miró entonces hacia donde él estaba mirando, él volvió a mirarme y entonces todos en la mesa estaban mirándome. Rubia #1 me hizo señas con la cabeza para que me acercara.
Respiré hondo invocando mi paciencia y caminé hacia ellos.
-“Te ves perdida. Si te disculpas puede que considere que te sientes con nosotros.”—dijo mientras caminaba de largo por su mesa.
Iba a pasar de largo, pero, no podía no responderle, así que dejé de caminar.
-“Eso no pasará, prefiero perderme en el bosque.”—negué sonriendo.
-“¡¿Perdón?!”—exclama dejando a un lado lo que iba a tomar.
-“No tienes que disculparte. No es tu culpa ser tan ridícula, tal vez sean los genes.”—claramente comenzaba a disfrutar hacerla enojar. Y que los cinco chicos soltaran una carcajada por lo bajo no ayudaba.
-“¡Mi amor! ¿No me vas a defender? La puta esa se está metiendo conmigo.”—Le reclamó ella al chico que la había defendido en el medio día.
-“¿Le dijiste ridícula a mi novia?”—
Y volvió a fallar en el intento.
-“Sí, eso hice.”—dije volteando los ojos. –“¿Tienes problemas auditivos? Ya van dos veces que me pides que repita las cosas.”—
Los otros vuelven a reír y el chico me mira con sus ojos azules cristalinos grandes como platos. Parece que no cree lo que ha escuchado.
-“Ya deja de meterte con ella.”—dijo recuperando la compostura y fingiendo estar aburrido de tener que dirigirme la palabra. –“Si te vuelvo a ver cerca de ella le diré a mi padre para que hable con los tuyos y no te va a ir muy bien.”—
Algo dentro de mí se quebró un poco. No sabía si reír o llorar ante sus palabras. Pero no lloraría frente a ellos, eso era seguro.
-“No te tengo miedo.”—dije y una risa me salió muy natural. –“Solo inténtalo, quisiera ver eso.”—le sostuve la mirada hasta terminar de hablar y luego me volteé lentamente mirando por toda la cafetería.
Visualicé una mesa vacía en una esquina apartada de las demás mesas. Llegué a esta y me senté a comer en paz. Dentro de lo que cabía. Quería derrumbarme, llorar hasta quedarme dormida, pero, debía sostener mi careta hasta llegar a mi habitación así que miré al cielo, cerré los ojos y suspiré. Después de que terminé mi sándwich, me levanté con la bandeja en manos y caminé hacia la barra ignorando a todos los que me miraban.
Ya no había nadie esperando por su cena, lo que significa que Max estaba desocupado y estaba esperándome mirando todos mis movimientos.
-“Para ver su carnet, madame.”—me pidió, pero, no lo había traído.
-“¿Para qué?”—le pregunto.
-“Si va a ser mi amiga tengo que saber su nombre.”—explicó.
Sonrío poniendo la bandeja en el mesón.
-“Soy Ligia Elena.”—
-“¿Dónde están sus amigos?”—preguntó.
-“No tengo más amigos que a usted.”—respondo.
-“Me alegra saber que hay una chica diferente este año, así no será tan aburrido.”—dijo sonriéndome y yo lo imité.
-“¿Fraternizas con el enemigo?”—escuché la voz del chico que me dirigió la palabra hace un momento, o como yo he decidido ponerle el novio de la rubia #1.
-“Dudo mucho que sepas el significado de la palabra fraternizar.”—Le dije sin voltear a verlo.
Lo cual no fue necesario porque al instante ya lo tenía sentado en el banco a mi lado derecho.
-“Es una amiga.”—habló Max interrumpiéndolo de decir algo estúpido. –“¿Qué se le ofrece, joven?”—le preguntó.
-“Necesito una bandeja de paticas de pollo frito.”—dijo y en seguida se me revolvió el estómago.
-“Que asco, yo me largo.”—le dije a Max. –“Gracias por todo, Max.”—dije en forma de despedida.
Él me asintió y me sonrió antes de irse a la cocina y yo me fui caminando lo más rápido posible. Me guiaba por el plano, pero, ya me había memorizado todo el camino. Llegué a mi habitación y me encerré, las lágrimas comenzaron a salir y, seguido de eso, mis piernas temblaron. Me dejé caer deslizándome por la puerta. Miré mis brazos e instintivamente comencé a subirme las mangas. Sabía lo que estaba a punto de hacer y no podía permitirme eso, hoy no.
Así que me levanté buscando fuerzas en mi centro y me limpié las lágrimas, tenía que ocuparme en algo para olvidarme por un momento de la tristeza que me invadía. Entonces recordé que los zapatos eran otro problema. Me dirigí al closet, entré y saqué las botas.
¿Cómo sabían estas personas mi talla?
¿Cómo se supone que camine con estas cosas en mis pies?
Porque claro que no sé caminar en tacones. ¿Quién que haya vivido toda su vida en un orfanato, pobre, sin tener a veces qué ponerse, sabría usar unos malditos tacones? Sí, nadie.
Esto cada vez se ponía más complicado. Sin embargo, eso no quiere decir que nunca haya fantaseado con usar unos, también leía cosas de moda, fashonistas y varios libros de famosos diseñadores dando tips para vestirse, peinarse, entre otras cosas. Que no me guste para nada cómo se viste la chica que quizás sea la más popular de este internado no significa que no sea ni nada por el estilo.
Entonces decidí practicar, amoldarlos un poco para que cuando me los pusiera mañana no hiciera el ridículo si me caía o lo que sea. Me los calcé y comencé a caminar de aquí para allá por toda la habitación. Durante la primera hora me caí como 5 veces logrando casi partirme una uña.
Seguí practicando hasta que se hicieron las 10 pm y resolví no caerme más. Así que no aseguraba no verme ridícula mañana, pero, sin duda no me caería frente a todo el mundo.
Me desvestí y me metí a la ducha de nuevo alegre porque aquí podía bañarme cuantas veces me apeteciera. Mientras me bañaba pensaba en esos estudiantes y en cómo me habían tratado. Acepto que yo los traté mal también, pero, sin lugar a duda fue lo más pésimo del día.
Lo mejor será que mantenga en secreto lo de que soy huérfana, y no porque me avergüence serlo, sino porque eso será más motivo de burla para ellos. Si no fuera huérfana supongo que nunca hubiera aprendido a ser lo suficientemente fuerte como para mirarlos a los ojos y mentirles de frente, no hubiera aprendido a callarme todos mis sentimientos y a hacerme la descorazonada. Porque simplemente a las personas no les importa nadie más que ellos mismos. Esa es la vil y cruel verdad o como yo le llamo “la realidad de la puta mierda en la que vivimos”.
Cerré la llave y el agua paró de salir de la ducha. Tomé una toalla y sequé mi rostro, envolví mi cuerpo en ella mientras caminaba hacia la peinadora y me quedaba parada frente al espejo. No me veía tan mal.
Ajjj ¿A quién le miento? Me veo horrible. Mi cabello era largo, demasiado diría yo y peinarlo me cansaba aparte de que las uñas de mis manos se asemejaban a las de una bruja por lo largas. Yo nunca conocí lo que es un cortaúñas o una tijera y a estas alturas me sentiría muy extraña si llego a cortar alguna de las dos cosas.
Suspiré frustrada buscando en cada cajón de la peinadora hasta que encontré una crema para el cabello, esparcí un poco es esta por todo mi cabello y luego procedí a desenredarlo con un peine que también encontré en uno de los cajones. Peinarme no era mi cosa favorita en la vida, pero, aunque ya lo había hecho en la mañana, mi cabello es tan largo que se enreda con facilidad. Tejí una trenza en todo lo largo del cabello y fue un trabajo largo, esperaba que mañana cuando me la soltara mi pelo tuviera las ondas más marcadas.
Mis cortadas comenzaban a cerrarse y ya no sangraban tanto, saqué un paquete de vendas y cubrí mis brazos con eso, a mis piernas les volvía a aplicar una pomada cicatrizante. Esperé a que la crema hiciera efecto y luego me puse mi pijama.
Al tocar la cama me quedé dormida al instante, fue un día largo, con muchas emociones como para no caer rendida al instante.
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